El mundo de las máscaras

Mascarilla, según Ares

Muchos países, entre ellos España y Cuba, han liberado a sus ciudadanos de la obligatoriedad de llevar mascarillas. En Mojito News desempolvamos un capítulo del libro «El mundo después del coronavirus», publicado dos años atrás, cuando no sabíamos por cuánto tiempo llevaríamos el rostro cubierto.

La Peste, novela de Albert Camus, y Contagio, película de Steven Soderbergh, revivieron en muchos hogares durante la cuarentena. Es normal que refugiemos el espíritu en los clásicos que a lo largo de la historia se inspiraron en apocalipsis sanitarios y buscar en ellos la luz que de repente se nos perdió en el horizonte. Ares y yo también desempolvamos Matrix, el filme de ciencia ficción escrito y dirigido por las hermanas Wachowski. Recuerdo que la estrenaron el 31 de marzo de 1999, justo el día en que cumplí treinta y tres años, ese hito de la vida que asumimos como «la edad de Cristo». Es tan alucinante que la Academia le otorgó cuatro Premios Óscar y la humanidad la convirtió en una película de culto.

Matrix no solo marcó el antes y el después de los efectos visuales en el cine, sino que nos puso frente a un argumento demoledor por sus paralelismos con los conceptos éticos, filosóficos, religiosos e ideológicos. Las Wachowski más que creadoras fueron visionarias. Neo, uno de sus personajes, descubrió que el mundo en el que creía vivir no era más que una simulación virtual. Más o menos lo mismo, con otros temores y sensaciones, fue lo que sentí cuando me vi rodeado de personas con máscaras, escondidos de un virus que no vemos pero que sabemos vive ahí a nuestro alrededor. «La matriz» consistía en una ilusión colectiva o simulación interactiva. Algo similar nos ha ocurrido en el mundo real con el SARS-CoV-2. Con la diferencia de que los seres humanos del 2020 pasamos de la alucinación al terror. Lo que viene detrás de la pandemia no es una historia de ficción. A partir de esta experiencia muchas serán las costumbres que cambiarán en la cotidianeidad de los seres humanos: seremos más celosos ante el contagio del más simple catarro y nos lavaremos las manos obsesivamente; estaremos siempre alertas ante cualquier alarma que ponga en riesgo la salud global y dejaremos los zapatos en la antesala de nuestras casas. No lo digo en broma. La costumbre asiática de entrar al hogar descalzos, para no transportar a la burbuja doméstica todo lo malo que nuestras suelas pisan en las calles, se convertirá en una práctica casi universal. No me avergonzaría de sentirme como un japonés en Almería, porque las buenas costumbres de la antigüedad no perduran en vano. Cuando Italia veía que no lograba frenar el contagio masivo, fueron los especialistas chinos los que les hicieron una advertencia reveladora: la gente recoge el virus en el asfalto y lo lleva a casa en sus zapatos. Moraleja: las zapateras deben estar en los recibidores. Que tus amigos se sientan parte de la familia andando descalzos por tu casa.

Durante la pandemia, la mayoría nos vimos enmascarados: unos por protección y otros para seguir escondiéndonos su verdadero rostro. Las tragedias tienen ese raro don de sacar a la luz lo mejor y lo peor del alma y de los instintos personales. Así ha sido desde que existe la vida humana. Es la historia de la bondad vs la maldad. Por eso no debe asombrarnos que, una vez recuperada la normalidad de la vida, muchos prefieran seguir llevando máscaras. Esas que sirven para ocultar la mala fe, el odio, la intolerancia, la avaricia, el racismo y todo lo inhumano que pulula a nuestro alrededor. Como estoy convencido de que será así, les propongo inmunizarse con esta vacuna literaria de Alejandro Dumas: «Un bribón no ríe de igual forma que un hombre honesto, un hipócrita no llora con las lágrimas de un hombre de buena fe. Toda falsedad es una máscara, y por bien hecha que esté la máscara, siempre se llega, con un poco de atención, a distinguirla del rostro».

En tiempos de coronavirus sobraron ejemplos que demuestran la utilidad de las palabras de Dumas. En medio de la pandemia, Erick Behar escribió en el blog Dinero.com una reveladora denuncia sobre un oscuro capítulo del mercado que ahora debería convertirse en objeto de estudio de las universidades y estar bajo el martillo de los jueces. Numerosas empresas aprovecharon la tragedia y la situación extrema para utilizar métodos de Angstwerbung o marketing del miedo y así sacar provecho económico de las necesidades de la población. Para Behar «aprovecharse de la realidad en momentos de incertidumbre, para ganar dinero, es sumamente desagradable. Para evitar este tipo de comportamiento, por ejemplo, los populares Facebook y Google prohibieron hacer publicidad con las mascarillas, mientras que varios países se vieron en aprietos para evitar el acaparamiento de víveres». Behar dejó también un mensaje claro que debería avergonzar a muchos de los que han traficado con el espanto y la ansiedad de la gente: «No sigamos repartiendo angustias con tal de vender un poco más. No es necesario ser un sucio oportunista para ser un buen marketero».

Decía Oscar Wilde que «hay máscaras que nos dicen más que una cara». Cuando la tragedia acababa de comenzar en Wuhan, muchos fueron los actos de racismo, odio y pánico que se desataron por todo el mundo. Una mañana, para mi sorpresa, un reportaje de El País daba cuenta de tres hechos inadmisibles para las sociedades modernas. Primero: un restaurante de Hong Kong, especializado en tallarines japoneses, colgó un cartel para prohibir la entrada de ciudadanos chinos: «Queremos vivir más. Queremos salvaguardar a nuestros clientes. Por favor, perdónanos». Dos: en los alrededores de la famosa Fontana di Trevi, en Roma, una cafetería puso un insólito aviso en chino e inglés: «A causa de medidas de seguridad internacionales no se permite entrar a este lugar a gente que proviene de China. Disculpen las molestias». Tres: un relator especial de la ONU para las minorías tuvo que denunciar el «alarmante aumento de abusos verbales y físicos» contra nacionales chinos y de otras minorías. Hay gentes con máscaras que desconocen la diferencia entre percepción de riesgo y racismo. Los entiendo: el racismo es hermano menor de la ignorancia, que a veces va de la mano de la arrogancia. Recuerden que para Donald Trump siempre fue «el virus chino».

Para mi sorpresa, entre las lecturas de la cuarentena, también encontré una interesante investigación de Abril Phillips, en La Vanguardia (12.4.2020), que me demostró en solo diez minutos cuán poco avanzamos en el mundo en materia de civismo y respeto a los derechos humanos. Phillips tenía otros ejemplos aberrantes, pero históricos. Primero: «En 1892, un brote de fiebre tifoidea se expandió en barrios donde vivían inmigrantes judíos rusos en Nueva York. Las autoridades detuvieron y trasladaron a cientos de ellos a carpas militares de cuarentena en la isla North Brother. Allí se aisló exclusivamente a inmigrantes, incluso muchos que no estaban infectados y que contrajeron la enfermedad precisamente por estar allí». Dos: «Pocos años después, el hallazgo de un inmigrante chino en un sótano de San Francisco disparó el miedo a la peste e hizo que las autoridades cercaran su Chinatown». Tres: «Fue también en los Estados Unidos donde, probablemente, se dio la cuarentena más larga que se conoce. Mary Mallon, una cocinera irlandesa, fue bautizada como Mary Tifoidea al ser descubierta como el paciente cero de un brote en 1907 en Nueva York. La aislaron en la isla North Brother para pasar una cuarentena de más de veinticinco años». Parecen historias de ficción.

Para suerte de esta saga, también sobran los ejemplos de quienes se han quitado la máscara y han mostrado al mundo su aspecto real, el lado noble de las cosas. Desde los filántropos hasta el más común de los ciudadanos de cualquier barrio, los medios de comunicación han tenido materia prima para contarnos de actos de bondad y generosidad sin límites. Prefiero no extenderme en el relato de las millonarias donaciones de magnates empresariales como Bill Gates o Jack Ma, fundador y presidente ejecutivo de Alibaba Group,  sensibilizados con los efectos de la pandemia, y centrarme en ejemplos también hermosos de personas más humildes que se desvelaron para que otros vivieran o por lo menos aliviaran su calvario. Como los dos jóvenes neoyorquinos que reunieron en setenta y dos horas a mil trecientos voluntarios y se hicieron cargo de la entrega de alimentos y medicinas a los ancianos y personas vulnerables de la ciudad. O el ejemplo de Madygraf, una empresa gráfica argentina gestionada por sus propios obreros, que fabrica alcohol en gel y mascarillas gratis para hospitales y barrios humildes. O los denominados Corona Makers de España volcados a producir instrumentos sanitarios, mascarillas plásticas y al diseño de prototipos de respiradores automáticos con códigos abiertos, para que los repliquen en cualquier parte del mundo. Gente que todavía cree más en el efecto de la solidaridad que en el fetiche del dinero.

En el mundo después del coronavirus todas estas historias de generosidad tendrán que servir de simiente a los valores que necesitaremos para mejorar como sociedades. Que existan estos últimos ejemplos y se conviertan en virales es un motivo más de esperanza. Pero ya están avisados, también habrá quien siga escondido tras la máscara que oculta su maldad. ¡Estad atentos! Recordemos una de las escenas más celebradas de Matrix, aquella donde Morfeo pone a prueba la concentración de Neo mediante la famosa mujer del vestido rojo. Si buscas ese pasaje del filme, comprobarás que todas las personas que pasan por la calle se parecen muchísimo unas a las otras. Y te preguntarás intrigado: «¿Les faltaron extras?». Para nada. Todos los figurantes de esa escena clave de la película son hermanos gemelos. En nuestro mundo de las máscaras ha pasado algo similar. Con mascarillas todos éramos iguales. Ahora tocará volver a descubrir quién es el bueno y cuál es el malo.


«Cuando la pandemia pase vamos a quitarnos todas las máscaras. Las sanitarias y las que nos ciegan desde hace mucho tiempo. Se necesita regresar a un mundo menos hipócrita, que no viva de espaldas a esas otras pestes históricas y estacionarias: el hambre, la pobreza, la droga, el machismo, la mentira, el odio, la xenofobia, el autoritarismo y el racismo. Vienen tiempos difíciles que nos pondrán frente a escenarios tan duros como la epidemia».

El mundo después del coronavirus


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