La Nostalgia

Veinte años atrás escribí para La Jiribilla sobre la nostalgia del emigrado. Entonces solo había viajado dos veces fuera de mi Isla y no permanecí más de un mes lejos de Cuba. Pericia insuficiente para sentir en la piel los efectos de la lejanía, el desarraigo o la melancolía. Sobre todo porque acababa de vivir la dura década del período especial y salir a respirar otro aire, así fuera contaminado, era una suerte de afortunado escape. Recuerdo que un churrasco me deslumbró más que un rascacielos y gasté en un partido de fútbol el presupuesto de la estadía. En Buenos Aires, Sao Paulo y Río de Janeiro no extrañé a La Habana, pero sin titubeos tomé el avión de regreso a casa.

Para escribir aquel encargo, sin experiencias de nostalgias propias, acudí a confesiones ajenas. Revelaciones que uno encuentra en entrevistas de emigrados, o lágrimas que se escurren de canciones, crónicas o novelas. Hay sentimientos que no pueden ocultarse o les va mal el camuflaje. No fue difícil hallar aquellos ejemplos necesarios y algunos hasta lograron conmoverme. Acabo de releerlo y decidí, sin sonrojarme por ello, que lo volvería a firmar dos décadas después. Desde entonces he sumado catorce años fuera de Cuba y puedo permitirme unos pocos retoques de edición y alguna transfusión de sentimientos.  

* * *

La nostalgia suele oficiar de colega de la memoria. Pero a veces una se erige en enemiga de la otra. Sobre todo —como dice un amigo que permutó de Bauta a Homestead—, porque la memoria es algo que se sedimenta sin cesar, mientras la nostalgia es como un volcán en erupción bajo nuestros zapatos. Eso sí, ambas, juntas o en vuelos diferentes, nos van a seguir a todas partes. No importa que el lugar elegido para emigrar sea Miami o Madrid, New York o Moscú, Buenos Aires o el Distrito Federal de México. Allá estarán, memoria y nostalgia, preparadas para emboscar costumbres, viejas fotos, ratos libres, correos demorados, amores extraviados, objetos que no clasificaron en el equipaje, recuerdos y desencuentros.

En ese cerco comienza el emigrado a descubrir cuál es la frontera entre su elección y lo que vivió y dejó atrás. Es difícil, casi imposible, que algún ser humano en su sano juicio pueda «resetear» el disco duro del alma y comenzar su vida desde cero. Las veces que ha ocurrido, como en los casos de amnesia irreversible, se ha tenido que decretar la muerte técnica de las raíces. Es como si se extraviara la existencia. Desde ese punto de vista, resulta lícita la escena shakesperiana del hombre que llevaba un ladrillo consigo para mostrarle al mundo cómo era su casa. Lo único inaceptable, por su carácter zafio, manipulador, es que algunos trafiquen con la nostalgia de otros, saquen partido de las lejanías ajenas y conviertan sentimientos humanos y recuerdos rotos en objetos de comercio.

Rui Ferreira, periodista en Miami, sacó de sus vísceras esta reflexión: «Un exilio siempre genera nostalgia. Y la nostalgia puede transformarse en una industria, cuando se lleva más de 50 años suspirando por la tierra que se dejó atrás, sin la certeza de volver a verla». Así comenzó a reseñar sus andanzas por el Festival Cuba Nostalgia, evento que convirtió a Leslie Pantín —cubano emigrado a los Estados Unidos en 1963— en uno de los businessman más citado por la prensa de La Florida. Desde 1999, el fundador del Carnaval de la Calle Ocho (1977), se entregó a organizar en el Centro de Convenciones de Coconut Grove, en el corazón sureño de la ciudad, una jornada anual de tres días que se propone recrear la vida, herencias y costumbres de una Cuba que fue, auxiliándose de las más astutas técnicas de comunicación y marketing.

Cuba Nostalgia nació como un archipiélago de exposiciones (mapas antiguos, fotos, monedas, propiedades, autos de época, fachadas de atrezo, certificados de acciones que ya no son…), y quioscos donde se atrincheran los vendedores de memorabilia. En ese mausoleo de añoranzas pueden ocurrir los más tristes episodios. Pantín, como un buen empresario, no cree en lágrimas. Su único interés, dice, está en «complacer los vacíos de unos cubanos irremediable y fieramente nostálgicos». Lo prueba este fragmento de crónica social sobre su festival de los recuerdos: «Una familia, desde el abuelo exiliado en 1960 hasta el nieto nacido por estas tierras, recorre ansiosa la superficie de un mapa ampliado de las calles habaneras: ‘¡Aquí, aquí estaba nuestra casa de Lamparilla!’, exclama la abuela, abrazándose al nieto adolescente, acicalado con una vestimenta de rapero del Bronx… Un poco más allá, en el espacio improvisado del Café Raúl, un grupo de cubanazos, enfundados en sus guayaberas de hilo, degustan un aromático Bustelo al precio de tres centavos, como en La Habana de los viejos tiempos republicanos».

La carpa de fetiches y escenografías se apuntala —junto al deslumbramiento por el brillo resguardado de autos Cadillac y Buick de los años 40— con una suerte de fascinación internacional por lo cubano. Con el trasfondo musical de los virtuosos abuelos del Buena Vista Social Club, Leslie Patín asegura ante las cámaras que «es un evento para la vieja generación que quiere recordar la Cuba que conocieron y dejaron atrás, pero también para la nueva generación que ha oído incontables historias familiares y ha heredado las costumbres más cubanas por vía de sus padres y abuelos». Y suena tan convincente que nadie, ni el más osado periodista, se atreve a cuestionarle la taquilla… El que más lejos llegó fue a la redacción de El Nuevo Herald y le sugirió a Pantín: «La nostalgia necesita refrescarse en virtud de las realidades demográficas de este pedazo norteño de Cuba».

La advertencia del periodista es justa: la nostalgia es también un estado mental en constante evolución. Lo entendió Pantín desde su picardía empresarial. Año tras año, trabaja para satisfacer a las diferentes oleadas de emigrantes, cargados de diferentes referentes de añoranzas. Su parque temático reformula con intención el escenario: además de complacer a los fanáticos de Los Zafiros, Meme Solís y Moraima Secada, incorpora nuevos espacios para los que no pueden desprenderse de la Nueva Trova, los batazos de Agustín Marquetti o la tercera base inigualable que es Omar Linares… Pero los nostálgicos de los 80 y los 90 prefieren recrear sus tertulias en la heladería Coppelia, las escenas teatrales de La cuarta pared, los festivales de cine, las canciones de Van Van y Carlos Varela, y los programas radiales de Ramón Fernández Larrea, que —dicho sea de paso— confiesa en una de sus cartas literarias su nostalgia por el inconfundible olor de los casquitos de guayaba. 

Pero el sur de la Florida, muy a pesar de sus récords, no es el único lugar donde habita la nostalgia del emigrado cubano. Por Sevilla, según se le escapó en una de sus crónicas, Luis Manuel García descubrió que «tras el paisaje se esconde un sentido alegórico que rebasa lo meramente figurativo». Hay que tener una morriña de la buena para caer en las siguientes alucinaciones: «Una fortaleza colonial que en Cartagena de Indias nos catapulta hacia las batallas navales de la infancia, sobre cajas de bacalao noruego, en los fosos del Castillo de la Fuerza; el olor a solar habanero de los corrales vecinos en el viejo Cádiz; ese Varadero abrupto que es Cancún; los ‘flamboyanes’ de Sevilla, hasta que florecen de azul y se desvanece la ilusión; la imagen de la Trocha santiaguera cuando desciendes hacia el mar por Salvador de Bahía; o esa Trinidad encalada de limpio que no deja de engatusarte la memoria en los pueblos blancos de Andalucía».

Para otros, la brújula de la memoria siempre señala a la cálida isla del Caribe. Y no importa que se le mire con más o menos soberbia, con mayor o menor dosis de intolerancia. Sin nostalgia, envenenada o no, la narradora Zoe Valdés buscaría aún cómo organizar la primera oración lógica con sus mejores palabrotas, aprendidas en algún remoto lugar de su infancia. Fue la nostalgia por la despensa atiborrada de conservas soviéticas, los vinos búlgaros y el coñac armenio la que guio al escritor y editor Jesús Díaz a su refugio ex socialista, antes de recalar en la acogedora España. Ni siquiera el más astuto discurso filosófico ha podido enmascarar inevitables brotes de melancolía. Qué habrá pasado por la imaginación del ensayista Emilio Ichicawa el día que escribió Geología del Recuerdo, ese artículo en el que confiesa: «La experiencia del exilio nos hace hablar, escribir, luchar para mantener viva nuestra lengua madre. Solo el poder de la palabra puede preservar la realidad de nuestra identidad hispana. Desde cualquier lugar, solo nos queda saldar la distancia con la nostalgia y la memoria».

Por más de medio siglo, los cubanos desperdigados por el mundo han pretendido reencontrarse con la cubanidad a través de la conga, el ron, la bandera tricolor y los banquetes orgiásticos de congrí, yuca con mojo y carne de puerco. La nostalgia también ha sido estereotipada, aunque a ratos aparezcan historias que la humanicen y nos remuevan sentimientos. Cuenta un colega que Pepe Horta —antes soñador del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y ahora demiurgo de la vida nocturna de Miami— recibió de regalo dos gallinas criollas que cacarean en la mismísima sala de su casa, después de que algún amigo lo escuchó quejarse de la necesidad de llevar una vida más bucólica y menos urbana, que le recordara a Cuba. Escenas de nostalgia como esa se repiten entre los personajes de Cosas que dejé en La Habana, la película que Gutiérrez Aragón dedicó a los emigrados cubanos en Madrid.

Todavía podría permitirme quién sabe cuántas cuartillas más de ejemplos. Historias de nostálgicos anónimos. Prefiero terminar con la confesión de una amiga de infancia, que lucha en Buenos Aires contra el fantasma de su propia pesadumbre: «No importa que en nuestro país uno haya sido escritor, contador o ingeniero. Aquí sirve más bailar con sonrisa estereotipada de agencia de turismo, que ponerse a pensar en un empleo acorde con tus capacidades reales. El tiempo no alcanza para extrañar quién eras allá, mucho menos para caer en el juego de tramposas añoranzas»… Ya sé. No faltará quien me reclame por exponer el tema a la luz de la luna. En ese ejercicio —infalible para desentrañar la verdad oculta— también se puede descubrir el lado claro y positivo de las cosas. Por mucho que la nostalgia y la memoria rivalicen entre ellas, necesitamos de las dos para llegar al final de nuestra historia.

* * *

Pasaron veinte años y yo también me vi más de una vez organizando trozos de vida en una maleta. Una experiencia durísima, porque se trata de decantar recuerdos, libros y fotos de familia. Desde ese instante ya sentimos que vamos a extrañar todo lo que dejamos atrás, pero lo que no sabemos es cuándo volveremos a estar cerca de los que amamos o de sus tumbas. Emilio Ichicawa y Jesús Díaz murieron en Florida y Madrid, pero Cuba Nostalgia aún no ha renunciado a la taquilla. Qué mejor ejemplo para ilustrar esa dicotomía entre la memoria y la nostalgia. Yo también he sentido que las dos se subieron a mi vuelo. Y desde entonces he tenido que lidiar con la morriña espiritual que me acompaña a todas partes.

Para ser honesto, confieso que extraño poquísimas cosas materiales y las demás trato de inventármelas: cuando quiero saber de qué se habla en mi Isla doy un paseo matutino por las redes y chateo con los amigos en línea… Aprendí bien las recetas del congrí, los tamales y la yuca con mojo. A falta del Caribe cálido me conformo con el azul mediterráneo. El frío lo ahuyento con un buen ron cubano y al gorrión lo entretengo con las canciones de Silvio Rodríguez. La paramnesia me regala siluetas de La Habana en cualquier parte, porque sus fachadas son las mismas de las viejas calles de Madrid, Cádiz o Almería. A los burócratas no les echo de menos, porque los de acá, sin duda alguna, fueron quienes patentaron la idea original de ese mal mutante… De lo único que puedo sentir auténtica nostalgia es de mí mismo. Y hasta para eso me inventé un antídoto que recomiendo a quien se enrole en este largo viaje: quédate con lo mejor de ti. Todo lo demás es memoria.

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Cuba Nostalgia, una ilusión en Miami


«La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor.».

Rosa Montero

La nostalgia, como siempre, había borrado los malos recuerdos y magnificado los buenos

Gabriel García Márquez

Joaquín Sabina: «No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió».

Julio Finalet Ferreiro

Esta entrada se celebra con vino del Peloponeso (+18/nostálgico)

¿Conoces a un cubano productor de buen vino? Yo sí. Me enorgullezco de conocer a Julio Antonio Finalet Ferreiro, Doctor en Ciencias Biomédicas, enólogo y cocinero. Julio vive en Lovaina, Bélgica, y como todo cubano lejos de casa sabe de qué va la nostalgia. Julio y su esposa Koula, nacida en Grecia, pasan su vida en un eterno viaje entre Lovaina y Laconia. En el sur del Peloponeso griego, además de visitar a la familia y disfrutar sus vacaciones, los dos profesionales se dedican a la producción de vino, contando con una bodega propia y una tienda en línea. Esto es algo más que un emprendimiento, porque se ha conseguido con ciencia, esfuerzo y corazón, tres energías que mueven al mundo. ¡Visítalos!

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2 comentarios en “La Nostalgia

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