Estados Unidos busca otro Maine

La juventud es por naturaleza rebelde, impetuosa y contestataria. Quienes pretendan que los jóvenes sean diferentes, o tienen muy mala memoria o son negacionistas de lo nuevo, la contradicción y el desarrollo. Lo digo subido a la cuerda floja de los 55 años, donde hace un tiempo ya dejamos de ser chicos y en la estación exacta en la que todavía nos negamos a que nos consideren viejos.

No voy a presumir de madurez alguna, porque la experiencia no tiene valor ético y muchas veces es el término que enmascara nuestros propios errores. Decirle a un joven que debe escucharnos solo porque somos veteranos en algo es un despropósito. A esta altura del juego nuestros hijos pueden estar más preparados que nosotros, en conocimientos, habilidades y vivencias. Lo menos que pueden respondernos, en defensa propia, es que la experiencia por sí misma no es una ciencia.

Traigo este tema a colación en el momento justo en que los jóvenes son protagonistas de las noticias en diferentes lugares del planeta. Regresan del confinamiento mundial para retomar sus batallas por el cambio climático o se van a las plazas a exigir que se corrija el rumbo depredador del sistema en el que habitan. La vuelta a las protestas, como a las universidades o a las playas, es otra muestra de que la vida retorna al curso ritual del 2020. Y no quiero decir, para nada, que aquello era el ecosistema perfecto.

Entre las noticias que ahora mismo le dan la vuelta al mundo, los medios posicionan una protesta anunciada en Cuba para el próximo 15 de noviembre. Reseñan que son jóvenes contra la revolución y que piden la liberación de presos de conciencia, el cambio de sistema político y respeto a los derechos humanos. También reportan que el gobierno les ha negado la posibilidad de marchar y los amenaza con llevarlos a juicio por desacato. Me pongo en el lugar de un lector en cualquier parte del mundo y me indigno. La gente, de derecha o de izquierda, interpreta que a esos muchachos los privan de la libertad de expresarse y eso solo ocurre en dictaduras.

Lo que acabo de escribir no es ficción. Es la apreciación práctica de muchos amigos en Europa e incluso de algunos dentro de Cuba… Marchas, protestas, disturbios y desacato a las autoridades e incluso represión desmedida frente a los manifestantes ocurren a diario en cualquier ciudad del planeta. Pero a la pequeña isla del Caribe siempre se le ha de mirar y evaluar con un rigor diferente. Para muchos es una espina roja atorada en la garganta que debe ser extirpada de una vez y para otros tantos es un referente de dignidad que resiste la embestida del país más poderoso de la tierra. Unos y otros preguntan y emplazan.

A todos les recuerdo que las causas y lo efectos no pueden descubrirse solo por la razón, sino que necesitan de la pericia y el conocimiento. Ya dije tres párrafos arriba que la experiencia personal no tiene valor ético, pero la colectiva, la social, es como un componente más de la memoria. Hace ya más de un siglo cuatro presidentes de los Estados Unidos —Adams, Polk, Buchanan y Grant— insistieron a España para que les vendieran la isla de Cuba, como si se tratase de un rancho o una granja vecina. Los cuatro seducidos por los notables valores económicos y estratégicos de un país que casi alcanzaban a ver desde la península de la Florida.

Muchos de mis amigos y colegas españoles no saben lo que entonces costó a su Corona rebotar aquellas propuestas. La noche del 15 de febrero de 1898, a las 21:40 horas, ocurrió en la Bahía de La Habana la explosión del Maine, viejo barco de guerra que era todo un símbolo del poderío militar estadounidense. Al amanecer, sin darles tiempo a los investigadores, los periódicos del magnate de los medios William Randolph titularon: «El barco de guerra Maine partido a la mitad por un artefacto infernal secreto del enemigo». La explosión abrió paso a la noticia inculpadora y sensacional que necesitaba William McKinley, presidente de los Estados Unidos, para justificar la declaración de guerra a España.

Desde entonces, veintiún presidentes de los Estados Unidos han apostado todo a la anexión de Cuba. Pasaron 121 años y no ha cambiado la obsesión de los políticos y los medios gringos. Esa condición geopolítica o maldición histórica no puede soslayarse a la hora de realizar cualquier análisis sobre una noticia que involucre a las dos orillas. Hoy simplificamos el diferendo entre los dos países al bloqueo (eso que los autores definen como embargo) y olvidamos que existe un origen, un motivo y un deseo manifiesto de más de un siglo. Negar que el pasado, el presente y el futuro de Cuba está ligado, condicionado y retorcido por ese enfrentamiento es ponerse de espaldas a la historia.

En lo personal creo en el derecho de los jóvenes a disentir o defender el sistema imperante en Cuba. Acompañaría siempre todo reclamo auténtico, liberador y justiciero que persiga alcanzar una Patria mejor que la que tenemos. Me niego a que el país siga estancado y justifiquemos todos nuestros problemas en una condición histórica que no cambiará. No podemos creer en el 2021, como San Ignacio de Loyola en el 1500, que «en una fortaleza sitiada, toda disidencia es traición». De la misma manera que no debemos ser ingenuos y asumir la «autenticidad» de cualquier propuesta que comulgue con los enemigos históricos de Cuba.

No voy a mencionar un nombre, un grupo, o una acusación de las realizadas contra los organizadores de la marcha del 15N. No hace falta hacerlo cuando el gobierno de los Estados Unidos ya se encargó, con amenazas incluidas, de avisar a la seguridad cubana de que ellos están detrás de la protesta. No hacen falta más pruebas para calificar la intentona anexionista, cuando la organización anticubana más beligerante del exilio en Miami (La Fundación Nacional Cubano Americana) hace público un manual de actuación violento para quienes participen en la «manifestación pacífica». No hace falta explicar de qué lado uno está, cuando los defensores mediáticos de la revuelta son los mismos que hace cinco meses invocaban una invasión norteamericana a la isla.

Si Cuba fuese un país al que dejaran vivir en normalidad, sin bloqueos e injerencias externas de ningún tipo, aplaudiría cualquier manifestación legítima en contra o a favor del gobierno. El día que ocurra, los políticos de los Estados Unidos deberán reconocer el tiempo precioso que han perdido. Ojalá no persistan en su plan de reeditar (ahora en las calles) la explosión del Maine.


Ser libre no es sólo deshacerse de las cadenas de uno, sino vivir de una forma que respete y mejore la libertad de los demás.

Nelson Mandela


 


Silvio Rodríguez en Sea señora: «Las fronteras son ansias sin coraje/ Quiero que conste de una vez aquí./ Cuando las alas se vuelven herrajes,/ es hora de volver a hacer el viaje/ a la semilla de José Martí».

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Un comentario en “Estados Unidos busca otro Maine

  1. Magnífico artículo, cátedra de estudios debería ser para algunos obtusos.
    La llamada disidencia empieza y termina en el Miami de la desidia, no en los muros de Jerusalén!

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