Nuestros ídolos abusadores…

«La tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua».

No es una escena de ficción. Es el relato de una violación real que no pasa inadvertida en Confieso que he vivido, las memorias del Nobel de Literatura Pablo Neruda. La víctima es una sirvienta que trabajaba en su casa en Colombo, Sri Lanka, durante su estancia como diplomático en Asia. Justificado en su exotismo sexual, el hecho se escurre entre otras confesiones no menos depredadoras: «Amigas de varios colores pasaban por mi cama de campaña sin dejar más historia que el relámpago físico»… «Su cuerpo era una hoguera solitaria encendida de noche bajo su pecho como una adversaria desgraciada»… «Muchachas morenas y doradas, con sangre de boers, de ingleses, de dravídicos, se acostaban conmigo deportiva y desinteresadamente».

Confieso que he vivido se publicó después de la muerte del poeta. Hoy se le recuerda y reverencia de muchas formas, menos como un vulgar violador. Es como si a los grandes se les perdonara todo. El último libro de Gabriel García Márquez, Memorias de mis putas tristes, también fue aplaudido con el mismo entusiasmo que se recibieron sus excelentes obras anteriores. Pero en la incursión del Gabo por el sórdido mundo de la prostitución, junto al impecable relato, hay apología de la violación, misoginia y violencia contra las mujeres. Desde el principio: «El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen», hasta el final: «Ay, mi sabio triste (…) Esa pobre criatura está lela de amor por ti».

En poco más de cien páginas, Memorias de mis putas tristes nos vende un territorio literario donde todas las mujeres son malas y/o putas, salvo la madre del protagonista. Y este hombre es como un ángel, que tiene a todas las mujeres a su disposición sexual, incluidas las niñas desposeídas, porque las pobres pueden ser violadas y prostituidas. Son tan sumisas que no hablan. La adolescente Delgadina, la más triste de todas, tenía catorce años y se mantuvo muda mientras el viejo protagonista de la narración satisface con ella todos los caprichos del deseo. 

El «campeón» entre todos los famosos, por mucha diferencia, parece ser el pintor español Pablo Picasso. Considerado uno de los más grandes artistas del siglo XX, compartió su vida con una decena de mujeres. Al menos con las que mantuvo relaciones formales y largas. Dos de ellas terminaron locas y otras dos se suicidaron tras la muerte del pintor en 1973. Cuentan que su hobby era sustituir a sus esposas por amantes jóvenes. Una de ellas, Françoise Gilot, artista y su pareja durante 22 años, contó en una entrevista a The Sidney Morning Herald: «Pablo era una persona maravillosa para estar con él […] Pero también era muy cruel, sádico y despiadado con los demás y consigo mismo». «Picasso les mentía infinitamente a todas [sus mujeres] para mantenerlas orbitando a su alrededor, de una manera perversa y posesiva».

Ahora vamos por los museos rendidos frente a Las señoritas de AvignonEl Guernica, las series de aguafuertes con el Minotauro y el Retrato de Ambroise Vollard… Nadie nos cuenta, aunque sea en una pincelada de la audioguía, que el genio de los pinceles fue también un grandísimo cabrón. Los jóvenes necesitan conocer de estas historias, para entender que el abusador es cualquiera de nosotros mismos y que nadie, absolutamente nadie, se merece marcharse sin pagar por sus crímenes. Imagínese que usted llega mañana al Museo Reina Sofía y bajo el cuadro de El Guernica se encuentra con una ficha que dice algo más o menos así: obra de Pablo Picasso, gloria del arte español y repudiable abusador… Un poco más de honestidad nos vendría bien a todos.

Todas estas historias nos han acompañado a través del tiempo. Unos las ignoran, otros se atragantan con la verdad, muchos viran la cara, todos hemos sido un poco cómplices del silencio. Cuando el movimiento Me Too expuso a Harvey Weinstein, productor de Hollywood, se produjo la erupción viral de un volcán dormido… Estábamos rodeados de violadores, abusadores y misóginos. Músicos, actores, directores de teatro, escritores, tenores, políticos, militares y periodistas han sido señalados por abusos y actos de acoso o violencias. Por esa herida abierta brotaron centenares de relatos, acusaciones y el linchamiento mediático de los señalados, la mayoría de las veces antes de que se probara su culpabilidad.

El «efecto Weinstein» se convirtió en poco tiempo en un tsunami global de testimonios. Mujeres (y pocos hombres) salieron a denunciar incidentes de acoso, desde comentarios lascivos e insinuaciones hasta agresiones sexuales o violaciones. Esas historias han alcanzado a poderosas figuras de la política, la farándula, los medios de comunicación, la intelectualidad y el mundo del arte. Muchos de los presuntos agresores han enfrentado consecuencias laborales como el despido o procesos judiciales. Solo en los Estados Unidos los señalados pasan de setenta, y entre todos acumulan 709 denuncias de mujeres.

En América Latina y Europa no ha sido diferente. En Argentina se suicidó uno de los señalados, el escritor venezolano Willy McKey. En Francia, la escritora Vanessa Springora, destapó uno de los mayores escándalos de pedofilia del MeToo francés. En Le consentement (El Consentimiento, 2020), Vanessa lanzó al mundo un duro relato autobiográfico. Manejó la historia con iniciales: «Cuando se conocieron, V. tenía 13 años y G. estaba a punto de cumplir 50. La niña soñaba con ser escritora, él era un prolífico escritor, un enfant terrible de la élite literaria parisina premiado por la Academia Francesa. Un año después, el escritor inició una relación con su guapa colegiala, su niña bonita. No era la primera ni la última adolescente a la que seduciría. Luego lo contará en libros que recibirán aplausos. Era el año 1987».

Esas iniciales ya tienen nombres y apellidos: Vanessa Springora y Gabriel Matzneff. Ella, marcada para siempre por el abuso sexual y psicológico. Tres décadas vivió en una «jaula», de la que logró escapar a través de su novela. Su denuncia abrió la caja de Pandora del escarnio público a un pedófilo confeso, hoy octogenario, que enfrenta una investigación judicial. Matzneff es solo el rostro feo de una realidad que tiene a millones de verdugos anónimos alrededor del mundo. En una de las manifestaciones en París, frente a una foto del abusador, una chica alzaba su grito en un cartel: «Basta ya de minutos de miedo, de humillación, de dolor, de silencio. Tenemos derecho a que todos los minutos sean de libertad, de felicidad, de amor y de vida».


Cuatro historias terribles

Libro que describe la experiencia personal de secuestro y violación que vivió Jana Leo en su apartamento en Harlem, Nueva York. La autora memorizó cada detalle de su agresor, fotografió y documentó todos los elementos que el violador había tocado. Los hechos ocurrieron en enero del año 2001, los procedimientos legales por esta causa finalizaron en el año 2007. El agresor fue declarado culpable de violación y encarcelado. El casero de su piso también fue a prisión por fraude.

La periodista Joanna Connors tenía 30 años cuando fue retenida a punta de cuchillo y violada por un extraño: «Cuando me violaron aún no tenía hijos y, aunque no viviesen cuando sucedió, está claro que heredaron mi miedo». Connors acudió a la escritura para sobreponerse a sus temores pero lo hizo de una manera contundente: buscando al hombre que la violó, de dónde venía y cómo era su vida. Un libro que nos muestra las bases de la cultura de la violación y la violencia.

Esta novela fue escrita y publicada hace más de 40 años. Relata las humillaciones que sufrió Firdaus, la protagonista, en diferentes situaciones de su vida y siempre en manos de los hombres: su padre abusó de ella, le practicaron ablación genital y se casó por obligación con un hombre violento tres veces mayor que ella. Con estos traumas a la espalda, comienza a ejercer la prostitución y este entorno la lleva a matar a un proxeneta en El Cairo. Razón por la que la condenan a muerte.

Un grito contra la violencia de género sobre una historia que conmocionó a Francia: el asesinato de Laëtitia Perrais. La joven francesa de 18 años desapareció el 18 de enero del año 2011. Encontraron su cuerpo en una localidad cercana a Nantes, al noroeste de Francia. La autopsia reveló que fue violentamente golpeada, violada, estrangulada y cuando estaba a punto de morir, el asesino la acuchilló y luego la descuartizó para dificultar el hallazgo. El relato muestra una vida dominada por la violencia.


Ellas plantan cara a la violencia de género

Aitana / Ni una más
Rozalén / La puerta violeta
Lady Gaga / Til It Happens To You
Vivir Quintana / Canción sin miedo

Pide tu coctel Medio Mundo (+18/S.O.S.)

En la cantina Dandy del Sur, en Tijuana (México) han dado con una solución muy original para ofrecer protección a las mujeres que se sienten en peligro: si piden un cóctel Medio Mundo en la barra el personal se pondrá en alerta y podrán ofrecerle ayuda. Un mensaje en clave en forma de nombre de cóctel que puede salvar a muchas mujeres de la violencia machista.


EN TRASTIENDA.SHOP TAMBIÉN LE CREEMOS A LAS MUJERES

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