La maleta del emigrante

La Tierra, fotografiada desde el espacio, debe verse ahora mismo como un mapa difuso de corrientes migratorias en ebullición: la estampida de ucranianos por Europa. Africanos con el agua al cuello en el mar Mediterráneo. Latinoamericanos en penosa y peligrosa peregrinación a la frontera norte de México. Cubanos que arriesgan la vida para llegar a los Estados Unidos por aire, mar y tierra… Todos impulsados por razones diferentes o por los mismos motivos: la guerra, el hambre, la desesperanza, e incluso la reunificación familiar o el amor.

Veinte años atrás, Yann Martel escribió Vida de Pi, una novela que cuenta la historia de un joven emigrante de la India. Pi sobrevivió junto a un tigre tras el naufragio del barco en que viajaba con su familia a Canadá. Martel, el escritor, construyó una idea sólida de la emigración al pasar su niñez y adolescencia en un eterno viaje por España, Costa Rica, México, Francia y la India. Su padre, un diplomático canadiense, lo ayudó a entender las complejidades de los movimientos humanos en el planeta. Cuando terminó su carrera de Filosofía en Ontario comenzó a escribir. Su novela más vendida le abrió las puertas al Premio Booker y Vida de Pi llegó al cine de la mano del director Ang Lee.

En su relato, Yann Martel se hace las mismas preguntas que nos han comido el coco a la mayoría de nosotros: «¿Por qué hay gente que se cambia de país? ¿Qué la empuja a desarraigarse y dejar todo lo que ha conocido por encontrar un lugar más allá del horizonte? ¿Qué le hace estar dispuesta a escalar semejante Everest de formalidades que le lleva a sentirse como un mendigo? ¿Por qué de repente se atreve a entrar en una jungla foránea donde todo es nuevo, extraño y complicado? ¿Cómo hacen para meter la vida en una maleta? La respuesta es la misma en todo el mundo: la gente se cambia de país con la esperanza de encontrar una vida mejor». 

Hace poco más de tres años vivo como un personaje de Vida de Pi. El azar (que no las corrientes marinas) me hizo recalar en una pequeña ciudad andaluza donde conviven emigrantes de 113 nacionalidades. Es como un mini planeta insolente donde se mezclan lenguas, colores, cultura, costumbres, credos y todo lo bueno y lo malo que acompañan a rumanos, rusos, ucranianos, marroquíes, moldavos, senegaleses y sudamericanos. Conformamos una comunidad multicultural y diversa, donde la supervivencia y la necesidad de arraigo desplazaron el discurso político y cada cual vive la añoranza por el pasado a su manera. Del «gorrión», por ejemplo, se escucha poco, porque los cubanos somos una pequeñísima minoría.

Mientras escribo, dilato mi pupila todo lo que puedo, para entender mejor la realidad y las motivaciones de mis vecinos emigrantes. De ellos he aprendido un mundo. Algunos han viajado para cambiar, no de lugar, sino de ideas. Casi todos tienen un poder especial: la facultad de elegir. La mayoría de sus viajes comenzaron con un pequeño paso. Muchos han aprendido que el hogar está donde se encuentre el corazón. «Pa’lante es pa’allá», apuntan los venezolanos, seguros de que hay una brújula en esa frase. «Donde hay un sueño hay un camino». «Todo peligro valió la pena». «¡Al fin libres!». «Lo mejor está por venir»… Pero la realidad no siempre empatiza con esos deseos convertidos en frases de autoayuda. Mis vecinos también pelean en silencio con el desarraigo, la xenofobia y el pesado fardo de ser eternos extranjeros en otras tierras.

«Europa —escribió Günter Grass— no debería tener tanto miedo de la inmigración: todas las grandes culturas surgieron a partir de formas de mestizaje». Los medios deberían pensárselo mejor a la hora de contarnos el origen y los motivos de las grandes migraciones que hoy fracturan a decenas de países alrededor del planeta. En la novela que escribo desde este pueblo con mar, por ejemplo, hay una familia de cubanos que emigra con tres maletas al lado opuesto de su mundo. En un aeropuerto frío de Europa, mientras intentan cruzar con éxito el control de extranjería, Camila le asegura a Antonio: «El primer paso casi nunca nos lleva al lugar que queremos, pero sí nos aleja de donde ya no soportamos estar».

Acompaño esta entrada de Mojito News con una selección de estatuas y monumentos a la emigración en diferentes países. En casi todos los escultores incluyeron una maleta. No eligieron unas alas, un pasaporte, unas botas o unos remos… Decidieron que una maleta es el símbolo de un viaje a todo y a nada. En ellas caben un pedazo de país, otro de vida, fotos y recuerdos de familia. A veces es una casa y una historia empacada en 25 kilogramos. El amuleto del emigrante. Cada uno de los que emprendió esta aventura sabe qué entró y qué faltó en su valija. En ellas viajaron apretados los sueños, los muertos, las frustraciones, los santos y los títulos, donde los hubo. Nadie —ya sea periodista, influencer, inquisidor o político—, tiene derecho a cuestionar la elección casi siempre desesperada de un emigrante. Su maleta es su válvula de escape, su derecho y su decisión.  


Diez monumentos en homenaje a la emigración


La emigración en la mirada de Ares


Gian Marco / En tu maleta

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